Los últimos años de Carmen Amaya: entre la Costa Brava y el resto del mundo

En 1951 Carmen Amaya ya era una estrella dentro y fuera de España. Y a sus ya pasados treinta años, cuando parecía que quizás nunca pasaría, conoció al que se convirtió en su marido: Juan Antonio Agüero, tocaor payo de Santander 12 años menor que ella. Se casaron en la Iglesia de Santa Mónica de Barcelona el 19 de octubre. Volvió al Somorrostro, barrio que la vio crecer, en el que aprendió a bailar. En esta ocasión acompañada del periodista Sempronio (pseudónimo de Andreu Avel·lí Artís i Tomàs), que escribió un reportaje sobre la visita para la ya desaparecida revista Destino. “¡Carmen ha vuelto!”, gritaban en el barrio al recibir la visita de tal ilustre vecina.

En una entrevista de 1997 recogida en el documental Imprescindibles de RTVE, el periodista Sempronio rememora aquel rato tan único en la historia del flamenco y de Barcelona: “Hubo un momento que, dejándonos a todos, se aproximó a los muros, a las paredes antiguas, y las palpó, las acarició de arriba a abajo. Una visita no solamente pintoresca para quienes la acompañábamos, fue emotiva”. Cuando vio las malas condiciones en las que las familias, en su mayoría gitanas, seguían viviendo en las barracas donde ella se crió, organizó un festival para recaudar fondos en el Palacio de los Deportes. “Ni corta ni perezosa”, como apunta su biógrafa Montse Madridejos en dicho documental.

La fuente de la artista del barrio

Aquel día en la visita al Somorrostro de su infancia surgió otra idea que inmortalizaría para siempre el legado de Carmen en la ciudad. La historia se remonta a los años 30, cuando Carmen tenía unos 7 años. Construyeron una fuente para que el agua pudiera llegar a las casas, y los niños del barrio quisieron ponerle el nombre de “la artista del barrio”, que ya entonces era Carmen. “Un día volvía yo de trabajar, muy tarde por cierto, ya por la mañana, y me encontré con ese proyecto de bautizar la fuente. Rompí una botella de aguardiente y mi padre, que en paz descanse, se puso a tocar la guitarra y yo me puse a bailar, todos los chiquillos me rodeaban”, cuenta Carmen. Colgaron unas letras que decían “Fuente de Carmen Amaya”. 

El periodista Sempronio le contó la historia al alcalde de entonces, José María de Porcioles. Y poco después se creó el proyecto de construir una fuente homenaje a ella y a su historia, en el contexto de creación del Paseo Marítimo de Barcelona. Para poder estar en la inauguración, Carmen canceló una actuación en Francia. La fuente de Carmen Amaya, que muestra a cinco niños, dos con guitarra y tres bailando, es obra del escultor Rafael Solanic y se inauguró el 14 de febrero de 1959. Se encuentra en la calle de Miquel Boera, en la Barceloneta. “Quedará algo en Barcelona para recordar a esta pobre gitanita que recorre el mundo haciendo lo que puede. Pero, eso sí, lo poco que hago lo hago con orgullo, paseando el nombre de España y de Barcelona, sobre todo”, dijo Carmen en el acto de presentación. Ese día actuó en el Palau de la Música y los beneficios se destinaron al Hospital Asilo de San Rafael. Poco después, en los 60, el Somorrostro se derrumbó y allí se construyó el Puerto Olímpico para los juegos de 1992.

Carmen Amaya en su última actuación en el Palau de la Música. Foto de Colita

Nuevos y viejos escenarios, y hasta un disco de oro

Volviendo a principios de los 50, su vida de estrella continúa, actuando en grandes capitales como París y apareciendo en películas de este y el otro lado del charco. Los rumores de que su arte ya no era el que era empiezan a expandirse. Pero ella, en su ajetreo de maletas y barcos y aviones, tenía que volver al continente que la lanzó a la fama: América.

De la mano de su marido, Juan Antonio Agüero, viajó y actuó por California, Canadá y México. Fue en el país centroamericano donde reincorporó a su compañía al rey de la guitarra flamenca, Sabicas, y a la que estaba por convertirse en la reina de las castañuelas, Lucero Tena. Y en su vuelta al Carnegie Hall de la Gran Manzana, se mete de nuevo al público neoyorquino en el bolsillo, ahora como una artista madura y consagrada. El crítico John Martin escribió: “Conserva todas las antiguas cualidades de su baile, pero ha eliminado cuanto en él era superfluo reduciéndolo a su esencia”. En esos años, además del no parar de espectáculos, tuvo tiempo para grabar con Sabicas sus dos míticos discos al cante: Queen of the gypsies en 1955 y ¡Flamenco! en 1957. El primero consiguió el disco de oro en Estados Unidos. De aquella época también son las míticas filmaciones de los taconeos de Carmen abriendo su baile, donde sus pies eran los grandes protagonistas de la producción, algo pionero en las coreografías flamencas de esos años.

Disco Queen of the Gypsies - Carmen Amaya
Disco Queen of the Gypsies, con el tocaor Sabicas

El adiós a la portentosa artista

Carmen volvió a España en el 61 debido al empeoramiento de su salud. Quería pasar los últimos años en su país, concretamente en Bagur, en la masía Mas Pinc, donde podía estar cerca de Barcelona y podía ver, como ella quería, el mar. Llega el rodaje de Los Tarantos. El director Francisco Rovira Beleta filmó un icónico “Romeo y Julieta gitano”, pero la bailaora comenzaba a mostrar signos de agotamiento y hubo que parar el rodaje varias veces. Consiguieron acabar y la película fue un éxito: fue nominada al Óscar a Mejor Película de Habla No Inglesa en 1963. La estatuilla se la llevó Ocho y medio de Federico Fellini. Carmen solo llegó a ver el tráiler, no la película. La icónica escena de su repiqueteo con los nudillos en la mesa y posterior remate taconeando, últimas imágenes en vídeo de ella, pasa a formar parte de la historia del flamenco.

En cuanto a la salud, el famoso urólogo doctor Puigvert permanece al tanto de su evolución esos últimos años. Carmen, que padecía una enfermedad en los riñones desde niña, cada vez estaba más agotada y enferma, pero no concebía dejar de bailar. Organizó un festival en Bagur para recaudar fondos para el alumbrado del castillo del pueblo. Muchos se acercaron a verla sabiendo que sería su último baile. Entre ellos, Salvador Dalí.

Pasó sus últimas semanas en casa, en una cama de hospital que le prestó el doctor Puigvert. Carmen Amaya falleció el 19 de noviembre de 1963 a las 9:50. Antonio Gades, bailaor inigualable en la historia del baile flamenco y férreo admirador de Carmen Amaya, recorrió los tablaos de Barcelona pidiendo que se cerraran para guardar luto. El periodista Sebastián Gasch, testigo de sus primeras andanzas en el Barrio Chino, escribió su obituario en Destino: “Descanse en paz la portentosa, la inolvidable artista”. Fue enterrada en Bagur. Y en 1972, por voluntad de su viudo, sus restos fueron trasladados al pabellón familiar de los Agüero, en el cementerio de Ciriego (Santander). 

Juan Antonio Agüero volvió a casarse en 1968 con Sunchy Echegaray, quien fue amiga del matrimonio, y que en 1988 fundaría el Tablao de Carmen en homenaje a Carmen Amaya, en el mismo sitio donde había bailado de niña en el Patio del Farolillo del Poble Espanyol.

Carmen Amaya con la masía Mas Pinc de fondo